Tanatografía

15 enero, 2014

Sin fecha 25

Publicado en Arte, Catálogo, Ciencia, Dibujos, Escritura, Material, Reflexión

Caída libre; paralaje; Cristo en Acuario; percepción; transdicción; escultura; tenderete.

 

 

[Pensamiento indisciplinado, conocimiento ilegítimo, prólogo de mi incompleta Hipo(sín)tesis.]

Quisiera comenzar constatando lo obvio. Hay demasiados libros, tantos que es imposible leerlos todos, ni siquiera los más relevantes o los escritos en tu propio idioma, o en la actualidad; ni tan siquiera la suma de las categorías anteriores al mismo tiempo. Porque además, curiosamente, también se publican demasiados libros: superventas en cualquier género, clásicos y contemporáneos de las letras y las ciencias, manuales y ensayos de todas las disciplinas del saber académico, publicaciones oficiales del Estado, anuarios, colecciones por fascículos, revistas, tebeos, editoriales independientes o autoediciones, además de la edición digital en Internet. El problema es que, lo queramos o no, la publicación está completamente sometida al criterio comercial, fundamento de las sociedades capitalistas en que vivimos, desvirtuando el sentido tradicional de hacer algo público, igual que sucede con la relación entre exponer algo y montar una exposición.

Escribir es una actividad que responde a la necesidad de construir una narración, o hilo conductor, que encadena distintos elementos en una secuencia determinada, consiguiendo aparentar una unidad coherente o significado. Si la Literatura es el arte de la escritura, podemos deducir que la diferencia entre una y otra es el componente artístico. Es decir, si tomamos el conjunto de las formas escritas, sólo podemos incluir en el subconjunto de la Literatura aquellas escritas con arte, o realizadas artísticamente. Así, se puede considerar arte en abstracto a la acción misma de la diferencia, el desarrollo original de una habilidad, el empleo lúdico de cualquier tecnología, la excepción a la norma.

Este escrito supone un punto de inflexión, la última actualización provisional de un proceso cognitivo experimental íntimamente ligado a una vivencia privada y anónima, el recorrido de mi trayectoria en el terreno del aprendizaje artístico. Si tuviéramos que elegir un género, esta podría ser la típica historia del científico excéntrico en conflicto con la institución universitaria, obligado a transgredir la norma por cuestionar los axiomas del paradigma vigente y saltarse los protocolos experimentales, pero en la disciplina del arte. El contenido de la investigación orbita caóticamente en torno a tres ámbitos solapados, dependiendo de si hace referencia al contexto, circunstancia y accidentes del proceso en sí, a las herramientas conceptuales y procedimientos metodológicos implicados o a las consecuencias que se desprenden de sus conclusiones en relación a nuestra construcción de la realidad.

 

Desde el terreno de la teoría y práctica artísticas se pretende llamar la atención sobre un elemento fundamental del aparato científico y su divulgación, injustamente desatendido con evidentes consecuencias catastróficas, esto es, el cristal con que se mira. No se trata de dar con la clave escondida de aquello imperceptible que desconocemos, sino más bien desmitificar ese cristal metafísico sinónimo de cualquier concepto trascendental (idea, inteligencia, consciencia, sujeto, saber, cultura, humanidad, dios…), identificándolo con el objeto simbólico concreto, con su puesta en práctica, su interpretación. Sustituir la pretensión siempre esquiva de enunciar la verdad, por la catalogación dinámica de las distintas lógicas posibles en sus diversas apariencias, es decir, su puesta en relación entre sí como totalidad. En definitiva, dar cuenta de un cambio de perspectiva paradigmático en nuestro modo de comprender(nos en) la realidad, realizándolo efectivamente.

Si la Relatividad es el acontecimiento que ha dinamitado los fundamentos de la Física y con ello, los propios cimientos de nuestra ideología tecno-científica materialista, lo Posmoderno es su reflejo complementario en el ámbito de las mal llamadas Humanidades y más recientemente Sociología o Estudios culturales. Dos caras de un mismo proceso consecuencia de la Revolución moderna, su hiperrealización virtual, cuyo efecto hace tambalear el orden simbólico establecido, en la resistencia que éste opone a la transformación derivada de su propio desarrollo. Y si en la actualidad podemos constatar la confusa integración de ambos conceptos en, por ejemplo, la variedad de teorías cuánticas, entre supercuerdas, antimateria (oscura), dimensiones desconocidas, realidades alternativas, viajes temporales o el Big Bang, frente al fenómeno OVNI, el trans-humanismo o la astroteología,[1] debemos admitir que todavía estamos lejos de asimilar la profunda revisión de nuestros presupuestos; de comenzar a construir Ciencia ni hablamos.

El modelo cognitivo implícito en los procedimientos artísticos, el encuentro de la contemplación estética y la acción poética, supone la convergencia de la teoría crítica literaria y del estudio de los procesos de aprendizaje, resolviendo las contradicciones del método científico al desplazar la lógica de la razón objetiva en base a criterios de verdad hasta el territorio transubjetivo del significante y su pragmática. Así, toda producción humana es un objeto de conocimiento sensible susceptible de ser catalogado en base a criterios estéticos, sin revelar otra verdad que la relativa a su misma constitución y toda ciencia supondría la sofisticación de los juegos del lenguaje, que posibilita la articulación no jerárquica de las categorías.

Desde este cambio de perspectiva, toda construcción ideológica que justifica su autoridad en la mediación de la realidad, aparece como un antagonismo fantasmagórico que enmascara nuestra incapacidad de comprensión [Zizek], el recurso para deshacernos de nuestra irresponsabilidad mediante la creación de un chivo expiatorio. Y si comprendemos la totalidad como un proceso dinámico, todo movimiento se establece en la relación entre el hábito, en tanto que conservación de la memoria, y la novedad, o reorganización de las condiciones que la hacen posible. Religión, Ciencia y Arte son tres estados del conocimiento (sólido, líquido y gaseoso) que remiten a tres momentos del proceso de simbolización, cuya eficacia depende de no ser confundidos con los otros dos. La muerte, el sexo y las drogas siguen representando el triple tabú que aún vela por lo que todavía consideramos los Grandes Misterios de la metafísica: el origen del universo, de la vida y el ser humano, respectivamente.

 

Las consecuencias de este desplazamiento se hacen evidentes en la actualidad con la aparentemente paradójica sincronización entre discursos y acontecimientos, cuando la misma precipitación del desastre engendra la solución al conflicto en su interior. El avance de la Modernidad, encarnada en las democracias capitalistas, implica la revolución de las costumbres [Zizek]; el de la ciencia trae consigo el cuestionamiento de toda autoridad y claro, pone en duda la versión oficial de la Historia. No en vano contemplamos cómo desde todas las disciplinas científicas caen los mitos que las sustentan, desvelando un panorama que desborda hasta la versión esotérica conspiranoica más oculta:

La Historia de la Civilización, la emancipación social a través de la lucha de clases, la evolución de la conciencia hacia la libertad, son máscaras necesarias para disimular la irreversible sofisticación de la tecnología en la dominación mediante el autoengaño; la administración de un sistema decadente basado en el control que sanciona la autonomía, que confunde normalidad con sumisión, diferencia con alienación, donde no existen buenos o malos, aunque sean los mismos y viceversa. En última instancia, un proceso de aprendizaje a medio camino, avocado a la reparación de cierta fractura en el inconsciente colectivo sucedida en un tiempo remoto indeterminado: la mistificación del desdoblamiento. El sueño de la razón produce monstruos. O en otras palabras, la eficacia de la mentira consiste en su mimético parecido a la verdad, por eso es tan difícil distinguirlas.

Si la locura es la ausencia de obra,[2] yo escribo para justificar mi pertenencia a esta sociedad, como respuesta a la demanda de ser útil, de encontrar un lugar, un puesto de trabajo, mi deber, mi cometido. El motivo último no puede ser otra cosa que evitar la exclusión.

 

Conecta los puntos.[3]

 


[1] Lo contrario de Arqueoastronomía.

[2] Michel Foucault.

[3] Un inspirador rompecabezas para la revista digital Ángulo muerto.

Tweet about this on TwitterShare on FacebookShare on Google+Pin on PinterestEmail this to someone

Relacionado con este tema...