21 agosto, 2012
Brave new 1984
Publicado en Arte, Catálogo, Dibujos, Material, Reflexión
Lo que sigue a continuación es el intento de contextualizar los antecedentes implicados en esta sencilla acción, con el fin de proponer una lectura de los acontecimientos que atravesamos con el cambio de milenio. Un ejercicio libre de ficción científica en el sentido contrario a la propuesta contenida en cualquier obra de ciencia/ficción, distópica o no. Aquí no se trata de crear una alegoría a partir de la realidad cotidiana, para proyectar una probable alternativa al futuro de la sociedad, o dicho de otro modo, una fórmula para escribir sobre asuntos de los que no se puede hablar abiertamente.
Esto es el cumplimiento de una posibilidad absurda: documentar la deconstrucción de una realidad definitivamente ficticia, una interrogación sobre las inciertas condiciones de la existencia humana en la actualidad y a nivel personal, la única vía que se me ocurre para justificar esta divergencia absoluta que habito, esta específica incapacidad de adaptación al entorno. Valga como última excusa el mencionar que no represento ni pertenezco a ningún tipo de organización, aunque, paradójicamente, estoy a favor de todo movimiento o iniciativa cultural, aún mostrando mi total desacuerdo con sus respectivos objetivos.
La hiperrealidad supera a la ciencia ficción.
El tema que recorre este escrito parte de la relación entre los conceptos utopía y distopía. Y como ya avanzaba al comienzo, la cuestión fundamental estriba en que el subgénero de la novela distópica aparece como réplica y complemento de un acontecimiento cultural complejo que conocemos como Modernidad, cuyo desarrollo supone la puesta en práctica de cierta teoría, mediante la realización de un programa destinado a la transformación de la vida en sociedad. Esta necesidad de planificar el futuro es la utopía en sí misma, esta sustitución de la actividad por el deseo.
Si atendemos a los referentes convencionales, podemos comprobar que el término deriva del griego con el significado literal “no lugar” y es usado por Tomás Moro para dar título a un libro (De optimo reip. statv deqve noua infula Vtopia) publicado en 1516, que describe una isla con claros precedentes en el mito de la Atlántida y en la República de Platón. En un apéndice del texto, el propio autor juega con la traducción de utopía por “buen lugar” (eutopía) debido a su polisémica pronunciación en inglés, iniciando así la confusión de asociar lo posible con lo negativo, por contraste.
Por otro lado, la palabra distopía se atribuye a John Stuart Mill, filósofo utilitarista a favor de la libertad económica empleado en la Compañía Británica de las Indias Orientales, y la acuñó en 1868 para referirse a las políticas de reparto de tierras en Irlanda tras la época conocida como Gran Hambruna. Según lo cita la mismísima Enciclopedia Británica: “Es, quizá, demasiado cortés llamarlos utópicos, deberían más bien ser llamados distópicos o cacotópicos. Lo comúnmente llamado utópico es algo demasiado bueno para ser viable, pero lo que parecen favorecer es demasiado malo para ser viable.” Aquí, el lado negativo de lo imposible, en su excesiva bondad para poder existir, en su perfección intrínseca en definitiva, es utilizado como modelo opuesto para desprestigiar las iniciativas económicas alternativas al capitalismo, que son consideradas inviables por ser feas, es decir, demasiado reales.
