11 mayo, 1997
Ano-taciones
Publicado en Arte, Autoayuda, Dibujos, Escritura, Material
Ayer, cuando me metí en la cama sufrí una terrible pesadilla y no estaba dormido. Rondaban las 4 de la mañana mientras me encontraba en el tránsito de la vigilia al sueño. Hasta ayer este estado de semi-inconsciencia siempre me había aportado buenas experiencias, lugar ideal para dejarme llevar con la creación más descabellada y al día siguiente perfilar con la componente racional. Anoche descubrí el lado negativo.
Este estado también permite que los miedos se tornen en auténtica pesadilla. Sin poder ponerle freno llegaban hasta mí imágenes cada cual más horrible, mostrándome cómo era yo bajo la superficie. Desnudo ante mis defectos, me mostraba enfermo de incapacidad para controlar mi mundo; sucumbía bajo mi miedo a no superarme. Terrores aparte, ahora que ya lo he pasado, puedo decir que me sirvió de aviso para lo sucesivo: no dejes de auto-cuestionarte. Ayer me enfrenté a mi lado más oscuro y temido. Que me sirva de lección.
La preocupación por mi persona también abarca consideraciones sobre el aspecto externo. Al fin y al cabo, de mi apariencia depende el modo en que me habrán de tratar. En este sentido debo orientarme hacia una fachada que implique la mejor relación con el exterior, con la creación de un individuo que pase desapercibido y apenas sea detectado salvo por finos sentidos. Tengo plena consciencia de que puede parecer una tremenda gilipollez, pero necesito cambiar mi apariencia en favor de un mejor desarrollo interior.
Puede sonar a chaladura por lo ridículo de los propósitos, pero creedme, es una necesidad imperiosa. Lo más descabellado es hacerlo de forma tan forzada y meticulosa, pero yo soy así, qué le voy a hacer. Ascetismo del comportamiento: calma, corrección y vida interior. Lo hago por la necesidad que tengo de aprobación. Mis ideas son mías y a partir de ahora no debo comentar más que temas circunstanciales, que en nada me afecten. Ser tan opaco como un muro de plomo. La introspección debe ser constante a ojos de nadie y bajo la mirada de todos debo mostrarme abierto y dicharachero, pero sin excentricidades ni aspavientos. En caso de necesidad extrema habré de morderme la lengua y defecar mis preocupaciones sobre este diario en forma de ano-taciones.
Volviendo al principio, ¿cómo debo vestir y peinarme? La respuesta es la misma: discreción. Debo encontrar el equilibrio entre lo que soy y lo que se lleva, entre lo clásico y la moda, ni muy extremo ni muy conservador. En realidad, el modo en que visto normalmente no se aleja mucho de esto. Mi problema últimamente es la mezcla de distintas pretensiones. Debo ser más femenino, ir a la moda con cierto toque personal, adecuando el vestuario al momento del día, combinando la ropa de forma armónica, sin dar la nota.
Por último, con las distintas personas que se encuentran más cerca, tengo que crear un archivo mental donde ubicar las preferencias de cada uno, lo que puedo compartir, para que me dejen en paz. Esta necesidad se debe a que con todos me he mostrado en exceso, a lo que han respondido con una increíble falta de comprensión. Claro que la culpa es mía por confiar demasiado a quienes no me entienden y por darme en aspectos demasiado personales. No quiero decir que no sean amigos, pero en ningún momento debo supeditar mis intereses a nadie. Confío en el proceso iniciado y del que no veo fin.

Me doy cuenta de lo difícil que resulta deshacerse del lastre del pasado. Este proceso es algo tan falto de naturalidad porque debo arreglar con mi conciencia actual los destrozos que me han conformado desde la infancia. Mi naturaleza era algo tan determinado por los demás que en ningún momento era natural. Cuando lo descubro provoca un trauma que se acrecenta hasta estallar hace bien poco. Sé que es tan mía la mezquindad y arrogancia de mi carácter como la voluntad de abolirlas.