18 mayo, 1998
Negocio artístico
Publicado en Arte, Ma(k)ia, Reflexión
Se me acaba de ocurrir que, habida cuenta de mi dificultad para llevar a cabo mis obras, podría entregarlas a otros para que las realicen. No sé si jugando el papel de coordinador de distintos grupos de trabajo, si cediendo la idea bajo contrato y retribución económica, todo en secreto o qué. El puto problema al final es el dinero.
Joder, yo no pretendo que mis obras sean vendibles, de hecho, no se pueden comprar porque no tienen valor; solo se necesita dinero para hacerlas, es decir, recursos. La obra final ni siquiera sería el producto del autor, que se limita a idearlo y supervisarlo. La huella del artista no existe porque el artista ni siquiera lo ha tocado. No estaría mal vender ideas a otros en secreto, para que las pongan a su nombre. Y además elevarlo a obra de arte.
Se lo propondré a Tàpies que lo noto falto de ideas.[1]
[1] Porque sin saberlo sintonizo con Joan Brossa, percibido por mí en el panteón junto a Picasso, Dalí o Miró, y descubierto en la Bienal de Venecia de 1997 por Victoria Combalía, quien me dio clases de Hª del arte.
Tampoco había descubierto todavía la obra de Isidoro Valcárcel Medina.