4 diciembre, 1997
Lisergia extática 2
Publicado en Autoayuda, Biografía, Reflexión
Desde el momento en que amaneció hasta pasado el mediodía mantuvimos una conversación intensa y emotiva. Uno por uno fuimos tocando temas en torno a lo que ahora definiría como el entorno sentimental del individuo, familia y amigos. Experimentamos una lúcida revisión de lo que la propia vida deparaba para cada uno. Hablamos de nuestros padres, de nuestra relación con ellos, de su propia relación y las implicaciones sobre uno mismo. Mientras nos exponíamos a corazón abierto, caían por mi cara lágrimas producto de la consciencia de ser. No se debían a la sensiblería del momento, lloraba al darme cuenta de cómo somos cada uno. Lloré por mí y por mis compañeros y lloré orgulloso de mi consciencia.
En paralelo al desarrollo de los temas iba yo conformando lo que llamaría la redefinición de la familia. Cada uno de los testimonios que aportábamos constituían para mí datos producto de un trabajo de campo antropológico. Por primera vez era capaz de construir pensamiento partiendo de los datos provenientes de la experiencia. Cuál no sería mi sorpresa cuando descubrí que todos los problemas a los que hacíamos referencia estaban directamente relacionados con un cambio de paradigma en la noción de familia y de sujeto. Antes había oído hablar de la crisis de la familia y creía que suponía la disolución de la misma; ahora creo que no es así.[1]
Desde las primeras sociedades primitivas ha existido un núcleo de relaciones entre individuos que ha ido cambiando a lo largo del tiempo, respondiendo al momento en que existían. Este no es más que el producto del tiempo en que vivimos. Los roles se han de recrear, puesto que las figuras masculina y femenina tradicionales se desintegran. Y qué decir sobre la identidad sexo-amor-matrimonio, hoy tan diluidos entre sí. Cada uno de los casos me llevaba a pensar que somos el producto de un mundo nuevo y que por eso lo entendemos de otra manera. Incluso los que pertenecemos a un modelo de familia tradicional sufrimos la extrañeza del cambio, que en su momento constituirá una nueva realidad.
Al final de la conversación temí no poder recordar todo lo hablado porque pensé que podía ser no más que el producto de las drogas. Sin embargo, pese a que no pude retomar todo el hilo de la conversación,[2] sí demostré manejar cualquier aspecto mientras tomábamos un té y los efectos de las drogas habían desaparecido por completo. Aquella noche tan larga me regaló una valiosísima aportación, al conseguir relacionar lo que hasta entonces no eran más que ideas aparentemente inconexas. Desde aquella noche y a consecuencia de lo vivido soy un nuevo Yo.
[1] Con matices. En mis intuiciones se entremezclan referencias inconscientes al actual programa eugenésico.
[2] Método Dupin. Los crímenes de la Rue Morgue (1841) Edgar Allan Poe.