Tanatografía

19 noviembre, 1997

Lisergia extática

Publicado en Autoayuda, Biografía, Dibujos, Ma(k)ia, Material, Reflexión

Por fin ha concluido la última etapa que estaba atravesando desde principios de este año, dando paso a ésta en la que me encuentro, sin saber dónde me habrá de llevar. El cambio se ha ido dejando adivinar y la visita a Bilbao fue la última señal de lo que después acontecería. Ahora me dispongo a relatar la experiencia de este cambio que, como explicaré, no es tal porque cambiamos constantemente, sino más bien la conciencia de la constatación de un nuevo yo. Ocurrió el Sábado 15 y el motivo de mi demora por contarlo se debe a la necesidad del reposo, tanto físico como mental, que la experiencia provocó.

[En casa de amigas menorquinas, donde vivo prácticamente, recibimos la visita de otro amigo suyo también procedente de la isla.] Habían pasado unas cuatro horas desde que comencé a beber del litro de cerveza aderezada con un tripi [LSD] y hasta ese momento no había experimentado más que la carcajada prometida. Entonces comencé a sufrir los efectos de una dosis media de alucinógenos.[1] Mientras recogíamos el desorden de la tarde, emprendimos una discusión sobre los planes que nos deparaba la noche.

Lo comento porque mi posición ante la situación era del todo contemplativa; participaba de la situación, pero en un doble nivel presencia-presenciante. A la vez formaba parte del momento y era espectador, aunque no desde mi propia presencia, sino desde una especie de súper-consciencia capaz de aprehenderlo todo, sin sujeto receptor. Por eso resolví otorgar tres niveles de realidad: cotidiana, cinematográfica y trascendental, en referencia al grado de objetivación/subjetivación del punto de vista de quien observa. Después, me aparté de mi rol para detenerme en consideraciones sobre mi propio estado. Trataba de explicar mi experiencia y constatar la singularidad de la noción de realidad.

No es pertinente tratar de delimitarla, pues depende de la realidad concreta de quien la enuncia. En otras palabras, yo era perfectamente consciente de estar en un estado de realidad alterada y eso me permitía afirmar que, desde esa perspectiva, la supuesta realidad (cotidiana) era otra alteración más. Luego no hay realidad alterada porque no hay realidades reales. Ante esto habrá quien pretenda invalidar mis ideas objetando que mi consciencia era un producto ilusorio por el efecto de las drogas y rebato: ¿Quién puede afirmar definitivamente La Realidad? y ¿cómo?

Mientras esto sucedía en mi mente, la alteración de mi visión reclamaba mi atención constantemente. No sufrí alucinaciones, tan solo experimenté la consciencia de la alteración. Por un lado notaba cómo las dimensiones se distorsionaban arbitrariamente; los tamaños, las distancias, aunque no los colores, variaban continuamente, tanto que tenía la sensación de apreciar todo muy cerca y lejos a la vez. El espacio se había desintegrado y recordaba los cuadros de Dalí como torpes representaciones de lo que estaba viendo. Bueno, en realidad era como si viera no solo con los ojos, sino con el tacto o la mente. Además, también notaba una diferencia en la percepción temporal. No es que perdiera conciencia del tiempo, que sucedería después, sino que había roto voluntariamente la convención de la secuencia visual. No era como en el cine, o el cómic, o los cuadros cubistas, más parecido a la descomposición duchampiana, pero no su representación. Era consciente de la convención de cierre [2] y de la secuencialidad y también del proceso de detener imágenes en sí.

Y así estuve un rato, relatando en voz alta todo lo que pensaba hasta que, consciente de mi consciencia, me percaté de la PARADOJA. Para esto y por ello necesito anotar consideraciones ulteriores: Quiero dejar constancia de que hasta este punto todo lo sufrido por el efecto de las drogas no es nuevo para mí. Como reflejan mis escritos, estos temas ya los he tratado antes y eran ya concebidos tal y como los he experimentado. En todo caso, la aportación de este estado es la vivencia directa y consciente de mis ideas. Por eso, entiendo que las drogas no son más que otro punto de vista sobre lo que ya somos. La experiencia con droga es paradigma de la paradoja de lo humano en cuanto a que es un mirarse de modo diferencial, o sea, una objetivación, una explicación, una representación de uno mismo, pero desde el lugar que se trata de explicar. Solo cabe la paradoja. Todo lo explicado ahora, en el momento de la experiencia no fue más que un darme cuenta (realize); un así es, una constatación, un apuntar, un sentir. [Tat-hata.]

Pasé por mi casa para cambiarme y de camino sufría alteraciones temporales. A veces creía no llegar nunca y otras me parecía haber transcurrido en unos instantes. Como se puede apreciar, la sensación depende de la posición desde donde se mira. También se acrecentaba el efecto visual. Si me miraba a mí mismo me veía gordo y amorfo, aunque era una sensación y no una alucinación, pero si contemplaba mi reflejo sucedía el efecto contrario. Había un desfase entre la percepción visual y táctil. Al caminar no percibía y sentía lo mismo, era como si flotara y pesase a la vez. Otro aspecto se refiere a lo interpersonal y que conste que esto no es la exaltación etílica de la amistad, sino la constatación lisérgica de la realidad.

Después, en el metro presencié una manifestación del eterno retorno [3] cuando asistí asombrado a una escena que ya había visto antes. Juro que no aluciné. Y en la Plaza Real sufro un ataque de paranoia cuando creo que un policía me ha oído hablar de drogas. En Distrito distinto[4] conseguimos pastillas y mientras discuten mi dosis yo sé cómo arreglármelas, con las drogas y sus intenciones: como media. Salimos del lugar atravesando un pasillo de drag queens que me deja especialmente fascinado; son seres que van más allá de los géneros y me recuerdan en cierto modo a otros en Tárrega.[5] Son harpías [mitológicas], concluiría más tarde.

Y ya en nuestro destino final, Torres de Ávila,[6] ayudado por el éxtasis, sufro una nueva experiencia, diferente y complementaria al LSD: por primera vez me acerco a lo que llaman la noche. Es una realidad paralela a la conocida, que a la vez niega y responde a la convencional. La gente me parecía toda una fauna de hombres y mujeres que lo son de otra forma, por entre los que sobresalen las harpías, las reinas de la noche. Siguiendo a mis acompañantes pululo ensimismado y ajeno a todo lo que ocurre. De vez en cuando, el abrumador contacto con los cuerpos que me rodean me arranca de mi ilusoria soledad.

Nos emplazamos en una balconada semicircular, abierta sobre el espacio cilíndrico del local, y bailo poseído por la música, pero no como esperaba que la pastilla me afectase. Creo que la mezcla me hace aguantar los efectos psicoactivos y bailo como forma de pensamiento. Experimento lo que podría calificar como pensar mediante las acciones del cuerpo, o algo así.[7] Entro en un estado del que no saldré hasta que pasan los efectos de las drogas. Bailo y siento cómo es una expresión particular de cada persona. Me pregunto cómo habré de bailar y me interrogo bailando.

La música me fuerza al trance y en el momento que tomo conciencia de ella, me debato entre bailar y escuchar. La disyuntiva se convierte en lucha interior que resuelvo mediante la comunión de ambas. Cuando fundo baile y música percibo unos coros agudos que silencian todo lo demás y que revelan el epicentro de todo este fenómeno. La unión produce en mí un éxtasis (al loro con los términos empleados) que me permite acceder a la realidad secreta de aquel lugar. También inciden la iluminación y las proyecciones con fotos de cuerpos duplicados en espejo, torsos y extremidades, que tomo por iconos de dioses [arañas, medusas, cangrejos…].

Pero súbitamente, cuando racionalizo lo experimentado, desaparecen el epicentro, la comunión y el trance. Trato de retomarlo en vano y solo escucho confusión en la música, que esta vez se mete en mis oídos, taladrándome. No tengo más ganas de bailar, aunque no puedo dejar de hacerlo. Me dicen que para ser mi primera vez, me estoy portando muy bien. Sonrío y pienso que no podría haber sido de otra manera. Subimos a la terraza donde saludo la magnífica vista nocturna que brinda Montjuïc;[8] la visión desde este mundo es muy distinta de la que se aprecia bajo la luz del sol.

Cuando bajamos están cerrando y descubro lo diferente que es este sitio sin gente. Tras el trance tomé conciencia de lo que me había llevado hasta allí. Por un momento había olvidado quién era y me había confundido con la fauna, siendo uno más. El retorno a mí mismo hizo que me sintiera como un antropólogo, como Il Messaggero [9] de Bill Viola. Por fin salimos y llegamos andando hasta [Plaça] Espanya, cuando el cielo comienza a clarear. Yo no quiero ir a ningún after y ninguno queremos volver a casa, así que por mi iniciativa caminamos por el Paralelo, buscando el amanecer en el mar. Vamos hablando hasta que llegamos al puerto. Se encienden los ánimos. Llegamos a las escaleras de Las Golondrinas[10] amaneciendo. Nos sentamos y los primeros rayos iluminan una conversación irrepetible.

 

[Continúa.]

 


[1] En realidad, alucinógenos son la belladona o el estramonio y la familia de las daturas y solanáceas.

[2] Clousure (¿cierre categorial?), en Understanding Comics (1993) Scott McCloud.

[3] Confundido con el concepto filosófico.

[4] Una discoteca de ambiente al aire libre en el Port Vell.

[5] En el festival de teatro en 1995, unos tipos calvos con zancos en forma de extremidad posterior de cuadrúpedo, cubiertos por completo de un blanco harinoso y comportándose como reptiles.

[6] Dance Club en la puerta del Poble Espanyol, parque temático de arquitectura española creado para la Expo’29.

[7] Miracleman nº14, Panteón (1988) de Alan Moore, Stephen Bissette y John Totleben.

[8] El monte de los judíos, antiguo cementerio, ¿judería?

[9] En realidad Ascension, aunque el malentendido siempre descubre otro sentido posible.

[10] Paseos en barco por el puerto, desde hace 125 años.

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