26 mayo, 1997
Auto-análisis
Publicado en Autoayuda, Ma(k)ia
Enésimo Domingo en que escribo con la caída de la tarde y la sola compañía de Pablo, que duerme como siempre tras la salida del Sábado. Enésima vez también que me dispongo a resaltar mis inquietudes, carencias y defectos. El tema esta vez es la semejanza con el lobo estepario, pero a diferencia de las anteriores, como siempre, es la primera vez que siento el síndrome del hombre de concepción y su vida contemplativa. El imparable cuestionamiento y una incontrolable ansiedad por la acción. ¡Oh, cuánto deseamos los que pensamos constantemente, poder apartar las preocupaciones de la vida para, mediante los hechos, poder construirla! Sí, amigo mío, pero ni eres lobo, ni espíritu libre, ni nada semejante. Eres un ser temeroso de sí.
«El sujeto piensa constantemente sobre su condición, se pregunta. Solo es el producto de sus sueños y deseos. Solo en algunas ocasiones logra percatarse de lo que realmente es. Cuando el ego se descuida aflora su simiente, tras duras capas de autoengaño y falsas esperanzas. En realidad es un caso de lo más interesante, ya que sufre una disociación entre el pensamiento y el comportamiento,[1] producto de su reciente toma de conciencia, el acceso a un plano de autonomía antes desconocido para él. Ha pasado de ser un pobre inconsciente conformado por la opinión de los demás, a ser un pobre consciente que pretende librarse del peso de su propia opinión.
En varias sesiones nos regala sus pensamientos; incluso ha llegado a sospechar de su origen, a veces como producto de una supuesta raza alienígena creadora de la vida humana que identifica con el mismo Dios. Aunque la sospecha no va desencaminada, no puede adivinar el sentido completo de su mal. Esta observación nos lleva a la hipótesis de una nueva enfermedad mental. Un sujeto en ningún sitio entre la paranoia, la creación de personalidades, la depresión, la manía y demás patologías, trastornos de la mente: No es alguien que se evada de la realidad, caso Hölderlin. Su mundo no es ilusorio, pero sí su punto de vista, y se muestra resuelto a dejarse convencer pese al carácter de sus sentencias. No estamos frente a alguien que reniega de sí, pero su deseo de cambio trasciende una gran desesperación y angustia. Ha establecido un cerrado y difícilmente penetrable círculo donde causa es efecto y viceversa.
El diagnóstico nos parece sencillo aunque de difícil aplicación. No queremos decir que se le aparte de la labor conceptual, sino que ésta no sea empleada como fin en sí misma y sí en función de las acciones que desarrolle. La intención es completar el proceso de emancipación mediante la experiencia real de sus propios supuestos.»
Señor Doctor, a tantos del tantos. Firma.
[1] “Emociones racionalizadas” lo llamaba; la incapacidad de sentir y actuar con naturalidad por querer someter mi reacción al intelecto. Miedo al fracaso.