Tanatografía

26 abril, 1996

Vivir, pensar, escribir y leer

Publicado en Autoayuda, Escritura, Reflexión

Cada vez me gusta más la idea de llevar conmigo este cuaderno. Cada vez tengo más necesidad de retirarme a escribir, aunque sea solo para apaciguar todos los demonios que llevo dentro. Creo que escribir me proporciona el muro que me aísla del resto de la gente. Me siento cómodo en este espacio donde no sé si me encuentro a solas conmigo mismo y que me proporciona una excusa para no tener que estar con los demás. Es genial esta coartada. Me siento cada vez más cómodo con esta soledad, aunque a veces sea a medias.

De todas formas, debo ahondar en esta idea y sacarle el máximo partido, de lo contrario acabará siendo una más de mis múltiples pretensiones fallidas. Demasiado expansivo, inconcreto, contradictorio en exceso. Es imposible que centre la atención en algo determinado, ni siquiera aquí consigo sacar nada en claro; me limito a observar y apuntar todo lo que mi cabeza registra. Aunque quizá sea un buen paso ir apuntándolo todo, quizá es la manera de ordenarlo, de no repetirme, de exteriorizarlo. Por ahora es lo único que tengo y que puedo hacer. Y que hago. Tengo mil cosas pendientes. La única salida posible es continuar con lo que soy hasta el final.

Hay días en los que todo el mundo me da tanto asco que no los soporto, otros días simplemente me compadezco de ellos y otros en los que todo me gusta. Hoy es uno de los días del tercer tipo. Hoy lo acepto todo. En estos días me parece que todo es, simplemente. La existencia no es más que eso: las cosas son y punto. No tiene sentido alguno tratar de darle un sentido a la vida; está fuera de término el buscar cosas donde no las hay. Inventamos formas de engañarnos y encima les damos categoría de estudio: Biología, Psicología, Matemáticas, Filosofía… todas constituyen modos completamente distintos de aproximarse al mismo problema. Cada una en su ámbito no hace más que buscar respuestas a preguntas sin sentido. Inventamos las preguntas para empeñarnos en buscar respuestas. Yo mismo trato de hacerlo ahora.

El mundo no existe y no hablo de nihilismo. A ver, ahí fuera, más allá de cada uno hay un mundo que es mucho más amplio de lo que las ciencias enseñan. El mundo es en sí mismo, no la visión que tenemos de él. Joder, ser es otra invención. Hay un mundo y luego está lo que cada uno de forma independiente llama mundo, que no es más que su mundo. No existe la objetividad, como mucho es la suma de algunas subjetividades. Los humanos nos empeñamos en perseguir el sentido de las cosas. Mi pretensión, como la de un humano más, es tratar de liberarme de mis propias convicciones, algo por otra parte imposible. A fin de cuentas, trato de ser más que ningún otro, más que yo mismo. Por eso encuentro vaga la trayectoria de los filósofos, porque dedican su vida a áreas cada vez más restrictivas. Estaba pensando que mi voluntad es la de encontrar el motor de lo humano, pero me he dado cuenta de que es repetir el mismo ejercicio otra vez. Con lo que vuelvo otra vez a mí mismo. El juego imposible de no querer ser humano. Llegado cierto punto te das cuenta de que en realidad lo único factible es vivir la vida, agotarla, morir.

Me pregunto qué hago aquí. Me refiero a de qué forma encajo yo en todo este engranaje que es el mundo. Yo no quiero hacer algo para que a cambio me den dinero que me permita seguir viviendo, para volver a hacer cosas que me vuelvan a dar más dinero. Sé que es así, que así es como funciona, pero no quiero aceptarlo. Igual es inmadurez o es una fase, como dice un amigo. Entonces, desde mi fase y mi inmadurez afirmo que no es lo que quiero. Ni siquiera sé si quiero crear. Me gusta ver que he hecho algo que me gusta; me reconforta. Lo que no sé es si es suficiente para crear. No sé si me llama hacer algo productivo, creo que carezco de ese espíritu. Además, me doy cuenta de que cuanto más quiero hacer arte más difícil me resulta. Sin embargo, cuando me lo tomo como un juego, más productivo es.

He comenzado a releer El lobo estepario,[1] en realidad lo hice ayer. Y me hace pensar sobre todo en la condición del protagonista. La bipolaridad hombre-lobo es atractiva y en alguien como yo, que fácilmente se identifica con todo, produce un efecto inmediato, quizá demasiado. Recuerdo haberme aplicado anteriormente esa condición, acto que ahora veo algo ridículo dada la comparación, aunque del todo normal teniendo en cuenta como era. La convivencia de los opuestos que se rechazan y alimentan, creando un ser conflictivo y en continuo crecimiento. Es tan fácil querer ser así. Ahora veo cómo entonces no era más que un hombre con la fuerte voluntad de ser un lobo, actitud que me ha acarreado severos problemas.

Me engañaba en dos direcciones: Por un lado trataba de ser lo mejor frente al resto de la gente, pretendía en todo momento agradar a los demás y actuaba como a ellos les gustaría que lo hiciera. Por otra parte, de puertas adentro intentaba imitar a cuantos admiraba, aunque luego no lo llevaba a la práctica, solo lo decía. Quizá esta es una de las causas de mi total inconstancia; es imposible hacer cosas que no salen de ti. Y me parece, ya que me es imposible asegurar nada porque dudo de todo, que aunque ésta es una práctica que no llevo a cabo, todavía arrastro la costumbre de no emprender nada. No es que no lleve nada a término, ni siquiera lo comienzo.

Así, ahora estoy en una etapa de continua negación de todo. Nada de lo que proviene de mí me contenta y además, no tengo fuerzas para comenzar nada. Antes de construir algo hay que destruir lo que había antes y debe hacerse desde terreno no contaminado. Debo partir de cero. Por otra parte, ¿qué debo hacer para sacarlo todo, para retirar todas las máscaras y aparecer completamente desnudo? No veo que avance mucho, pero ¿cuál es el camino? Y es que en el fondo no encuentro lo que hay en mí, que entiendo debe ser absoluto e inmutable. Aunque yo no soy así, yo no paro de cambiar. Es todo tan difícil. Para mí es imposible poder seguir una determinada línea de conducta o emocional, si no es la propia inconsciencia de dejarme llevar.

 

Acabo de leer lo escrito ante tres compañeros y amigos. He decidido que lo presentaré como ejercicio, cosa que no hará cambiar la dirección de lo que digo, ya que seguiré como hasta ahora, relatando todo lo que tenga que decir sin importarme a quién vaya dirigido. Quizá cambie de opinión o quizá siga adelante. De todos modos pienso que es una acción correcta, dada la sinceridad y propósitos con los que lo hago.

 


[1] Hermann Hesse, 1927. Trilogía junto a Demian (1919) y Siddhartha (1922), que también leí en esa época.

Relacionado con este tema...